Sep 09 2008
Hostorias vacacionales.
Lo mejor de las vacaciones, como en el amor, no es cuando llega sino cuando va llegando, de ahí que días antes de irnos experimentemos una incontenible sensación de alegría que es inversamente proporcional al desasosiego que se sufre cuando apenas nos quedan uno o dos días para volver al trabajo, a nuestras queridas praderas ‘hostianas’.
En todos los casos no siempre es así, existen algunos fenómenos que la psiquiatría moderna no ha podido encasillar en que el exceso de playa, suegros y sol en la cabeza hace que uno desee fervientemente volver al trabajo, donde a malas, ya tiene construido un ecosistema y unos hábitos que le hacen sentir moderadamente cómodo. Estos casos, suelen relacionarse con sueldos superiores a 60.000 euros anuales donde, y como explicamos en otros apartes, la vida social y personal está casi anulada por la devoción a la liana.
Siendo grave este último prototipo no suele ser muy plomizo en temporada post-estival ya que no tiene nada que contar o todo lo que tiene que contar es malo, lo cual tampoco le apetece. Sin embargo, al que hay que temer es al Analista-programador o de Sistemas que generalmente ha hecho un viaje donde le recomendó El País semanal y viene cargado de fotos y chorradas dispuesto a enseñártelas y lo que es peor a comentártelas. Llegado el caso es mejor simular que se está muy liado y ponerse a cuadrar listados absurdos.
Alguno pensará que al Programador se le ha omitido o que el Programador no viaja, el programador sí viaja pero viaja al pueblo por razones obvias de falta de liquidez. El que no tiene pueblo, que cada día hay más, como mucho se va de camping o se va un fin de semana a una casa rural a Asturias, donde ante la previsión de lluvias y tener que pasar todo el día allí metido ya se ha encargado de comprar un ‘pack’ de 12, lo cual es optimista pero una fantasmada se mire por donde se mire. Evidentemente este personaje tampoco es peligroso porque salvo que sea un poco raro, no va a entrar en detalles de sus gestas bajo las borrascas cantábricas.
En resumen, volver no es lo peor, lo peor es pensar que hay que volver. Una vez aquí lo mejor que se puede hacer es asentarse sobre la rutina de los viejos hábitos, es decir, cafetería, conversaciones, paseos, poco estrés y chorradas varias como por ejemplo escribir en blogs que no lee nadie.